martes, 14 de mayo de 2013

No engañás a nadie

22/4/2013

Miraba el vacío que me invitaba a conversar desde su cama. Creía que estaba muerta, casi me convenzo de carecer de alma. Él dormía y yo sólo quería esconderme en algún lugar. Todo es un supuesto. Lo extraño es que cogemos con otro para sentir vacío. Un masoquismo irracional. Para llenarnos hacemos el amor, y qué delgada línea hay entre la realidad y la ficción.
Recién amanecía y yo estaba en lo alto. La caída libre me cortaba la cara a medida que iba cayendo boca abajo con los ojos cerrados, mientras que yo misma me recibía boca arriba recostada en la tierra. El impacto fue sublime. Un llenarse de sí mismo en una explosión mental. Deja vu constante. Él, que puede ser aquel o ese otro, me mira en la oscuridad y se masturba con nerviosismo hasta bañarme en sus fluidos y yo lo miro inerte como quien se enfrenta al tedio por vigésimo tercera vez. Otra vez cierro los ojos para esconderme de mí.
Amanece otra vez. Me duele algo y no sé qué es. Lo primero que veo es una pared blanca con frases escritas y papelitos recortados. Estoy en tu cuarto. Me doy vuelta y estás ahí. Me detengo en tus pestañitas de niño amado hasta que decidís abrirlos en un nuevo día por primera vez. Dejo de sentir ese malestar y te abrazo todo lo que puedo, y siento que estoy cada vez más cerca de la tierra, y que me recibo desde diez mil millones de caídas libre de mí misma una y otra vez. No quiero soltarte, siempre que lo hago parece que es para siempre. Y todo el tiempo tengo miedo de no verte una última vez más. ¿Existe acaso un final real? No engañás a nadie con esos tacos, Martincito.


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